Qué es exactamente, y qué no es
Conviene empezar por una precisión que casi nunca se hace. El «síndrome del impostor» no es un síndrome. No figura como entidad diagnóstica en el DSM-5-TR ni en la CIE-11, no tiene criterios operativos consensuados y no constituye un trastorno mental. Es un fenómeno psicológico descrito clínicamente por Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978 a partir de la observación de mujeres de alto rendimiento académico y profesional que mostraban un patrón común: incapacidad para internalizar sus logros y convicción persistente de haber engañado a quienes las valoraban.
La denominación popular se ha impuesto y no tiene sentido combatirla. Pero el matiz importa por dos razones. La primera es de rigor: llamar síndrome a lo que no lo es abre la puerta a tratarlo como una condición que se padece en lugar de como un patrón que se sostiene. La segunda es práctica y más esperanzadora: un patrón atribucional y conductual se modifica, y se modifica en un número razonable de sesiones.
Lo que sí conviene retener. El fenómeno del impostor no describe a personas incompetentes que temen ser descubiertas. Describe a personas objetivamente competentes cuya evaluación de sí mismas no se actualiza con la evidencia. Es un problema de procesamiento de la información sobre uno mismo, no de capacidad.
Por qué el ejercicio del derecho lo amplifica
Hay profesiones en las que el fenómeno encuentra especial acomodo, y la abogacía reúne varias de sus condiciones. El desempeño se evalúa de forma pública y continua, por el cliente, por el tribunal y por la parte contraria. El resultado depende en buena medida de factores ajenos al propio trabajo, lo que dificulta extraer conclusiones fiables sobre la propia competencia: se puede perder un asunto bien llevado y ganar uno defectuosamente preparado. La cultura profesional penaliza la manifestación de duda, de modo que la inseguridad se vive de forma privada y cada letrado tiende a suponer que es el único que la experimenta. Y el criterio de éxito es difuso: no existe un umbral que permita decir «ya estoy suficientemente preparado».
A ello se suma la comparación permanente en un entorno donde todo el mundo muestra su mejor versión —en redes profesionales, en jornadas, en el pasillo del juzgado— y nadie muestra el proceso.
El ciclo del impostor
Clance describió la secuencia que mantiene el fenómeno, y es la parte más útil de todo el modelo porque señala exactamente dónde intervenir:
- Se asigna una tarea relevante —un juicio, un dictamen, una ponencia— y aparece ansiedad y duda sobre la propia capacidad.
- La respuesta es una de dos: sobrepreparación desproporcionada, o procrastinación seguida de un esfuerzo intensivo de última hora.
- La tarea sale bien. Es lo habitual, porque el nivel de competencia es real.
- El éxito no se atribuye a la capacidad, sino al esfuerzo excesivo, a la suerte, al plazo, a la benevolencia del tribunal o al error de los demás al valorar.
- El alivio es breve y no consolida nada. La creencia de fondo queda intacta y el ciclo se reinicia en la siguiente tarea, con la conducta de afrontamiento reforzada.
El elemento decisivo es el cuarto. Se trata de un estilo atribucional asimétrico: el éxito se atribuye a causas externas, variables e inespecíficas, mientras el fracaso se atribuye a causas internas, estables y globales. Mientras esa asimetría se mantenga, ninguna cantidad de logros modificará la creencia, porque cada logro es reinterpretado antes de poder integrarse.
Cuántos lo tienen: por qué las cifras bailan
Antes de manejar cualquier cifra conviene saber por qué este terreno es resbaladizo. La revisión sistemática de Bravata et al. (2020) encontró estimaciones de prevalencia que oscilan entre el 9 % y el 82 % según el instrumento empleado y, sobre todo, según el punto de corte elegido. No es que los estudios se contradigan: es que miden un constructo dimensional y luego lo dicotomizan con criterios distintos.
La misma revisión matiza otra idea muy repetida. Aunque la descripción original de 1978 se hizo sobre mujeres, la evidencia posterior no sostiene de forma consistente que el fenómeno sea predominantemente femenino: aparece en ambos sexos, si bien con diferencias en la forma de expresarse y en el impacto sobre el desarrollo de la carrera.
Cómo se mide, y un autochequeo orientativo
Existe un instrumento estandarizado, la Clance Impostor Phenomenon Scale (Clance, 1985), de veinte ítems, que es el que se emplea en investigación y el que permite situar la intensidad del fenómeno en un continuo. Las preguntas que siguen no son un test psicométrico ni permiten diagnosticar nada: sirven para orientar la reflexión y, en su caso, para decidir si merece la pena una consulta.
- ¿Atribuyes tus éxitos a circunstancias externas y tus errores a tu capacidad?
- ¿Sostienes la creencia de que quienes te valoran positivamente están equivocados o mal informados?
- ¿Preparas los asuntos muy por encima de lo que su complejidad requiere, y aun así no te sientes preparado?
- ¿Aplazas el inicio de las tareas relevantes y luego las resuelves en un esfuerzo intensivo de última hora?
- ¿Evitas delegar por temor a que el resultado no alcance tu estándar, aunque eso te sobrecargue?
- ¿Sigues acumulando formación con la sensación de que aún no estás en condiciones de ejercer?
- ¿Consideras que pedir ayuda invalidaría el mérito del resultado?
- ¿Necesitas confirmación externa frecuente para sostener la valoración de tu propio trabajo?
Responder afirmativamente a la mayoría no constituye un diagnóstico. Indica un patrón que merece atención, especialmente si interfiere en las decisiones profesionales o en el descanso.
Lo que mantiene el problema: las conductas de seguridad
Aquí está el punto que suele omitirse. La sobrepreparación, la búsqueda de confirmación, la evitación de delegar y la formación acumulada sin fin no son consecuencias del fenómeno del impostor: son lo que lo mantiene. Funcionan como conductas de seguridad —acciones que reducen la ansiedad a corto plazo e impiden que la creencia se someta a prueba—. Mientras el letrado atribuya el buen resultado a haber trabajado el triple, nunca dispondrá de la información que necesitaría para revisar la creencia, porque nunca habrá comprobado qué ocurre cuando trabaja lo razonable.
Se añade con frecuencia un perfeccionismo de tipo desadaptativo. La distinción de Hewitt y Flett (1991) entre perfeccionismo autoorientado, orientado a otros y socialmente prescrito resulta especialmente útil en este sector: el componente socialmente prescrito —la creencia de que los demás exigen un estándar inalcanzable— es el que más se asocia a malestar clínico, y es también el que la cultura del despacho más alimenta.
Qué funciona, y qué no
Empecemos por lo que no. Repetirse afirmaciones positivas del tipo «soy capaz» tiene, en personas con baja valoración de sí mismas, efectos nulos o incluso contraproducentes: la afirmación choca con la creencia y produce un contraste que refuerza la duda. No es una técnica que convenga recomendar desde una consulta sanitaria.
Lo que sí tiene respaldo:
- Reatribución del logro. Registrar de forma sistemática los resultados obtenidos junto con las decisiones concretas que los produjeron. El objetivo no es sentirse mejor, sino generar evidencia específica que la atribución externa no pueda absorber.
- Retirada progresiva de las conductas de seguridad. Diseñar tareas con un nivel de preparación deliberadamente ajustado y comprobar el resultado. Es un experimento conductual, y es la intervención que produce el cambio real, porque somete la creencia a prueba en lugar de discutirla.
- Trabajo sobre la intolerancia a la incertidumbre. En una profesión donde el resultado no está bajo control, la exigencia de certeza previa es estructuralmente insatisfacible y conviene abordarla como tal.
- Autocompasión en sentido técnico. La investigación de Neff (2003) sobre self-compassion muestra que tratarse ante el error con el criterio que se aplicaría a un colega se asocia a menor ansiedad y mejor rendimiento posterior. No es indulgencia: es retirar el coste añadido de la autocrítica.
- Normalización entre pares. El fenómeno se sostiene sobre la creencia de ser el único. Comprobar en un espacio profesional que la experiencia es común desactiva una parte sustancial de su fuerza, y es una de las razones por las que el formato grupal funciona bien en este cuadro concreto.
Cuándo conviene consultar
Cuando el patrón condiciona decisiones de carrera —renunciar a asuntos, no promocionar, no cobrar lo que corresponde—, cuando la sobrepreparación invade el descanso de forma sostenida, o cuando aparece sintomatología ansiosa o del estado de ánimo asociada. El fenómeno del impostor no es un trastorno, pero puede coexistir con cuadros que sí lo son, y esa valoración corresponde a un profesional.
Referencias
Bravata, D. M., et al. (2020). Prevalence, predictors, and treatment of impostor syndrome: A systematic review. Journal of General Internal Medicine, 35(4), 1252-1275.
Clance, P. R. (1985). The Impostor Phenomenon: Overcoming the Fear That Haunts Your Success. Peachtree Publishers.
Clance, P. R., & Imes, S. A. (1978). The impostor phenomenon in high achieving women. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241-247.
Hewitt, P. L., & Flett, G. L. (1991). Perfectionism in the self and social contexts. Journal of Personality and Social Psychology, 60(3), 456-470.
Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85-101.
Organización Mundial de la Salud (2019). Clasificación Internacional de Enfermedades, 11ª revisión (CIE-11).


